sábado, 6 de agosto de 2016

CARLOS HERRERA, TEMPERAMENTO FALANGISTA

Esteban Ordóñez
CTXT, 18/05/2016

Uno de los últimos eructos en Twitter de esta carroña mediática.

Hace periodismo con el pañuelo de la americana. De hecho, lleva esa lengua de seda, real o sucedánea, como garantía de algo que ya no le apetece demostrar por sí mismo. Su aspecto general codicia un estilo de baladista italiano o espectador de ópera, pero se acerca más al de un encargado de funeraria con prejuicios y muchas ganas de trabajar. Es cierto que su escote transmite una ansiedad por vivir en abril, y eso fundamenta su rollo galante, pero hay apariencias irreconciliables, y Carlos Herrera ambiciona algo en los personajes vaqueros de Clint Eastwood que no sabemos muy bien qué es.

Este periodista famélico, nadie lo niega, gusta mucho a los viejos que pasan la mañana masticando regaliz y gritando a las palomas. Hace años habría sido difícil retratarle con acierto, su bigote ocultaba muchas cosas. Ahora posee el segundo sobrelabio más inhóspito del panorama ibérico, después del de Aznar. 

Ahora vemos que tiene una boca sin labios o que, en todo caso, el labio superior se ha comido al inferior. Su sonrisa es caricaturesca, forzada, recrea una mueca picuda y efímera como un pato impaciente. Esto es producto de su ironía. Existen ironías solidarias e ironías egoístas y despreciativas. Él optó por el segundo tipo, que exige apretar mucho la barbilla y combinar el gesto con una elevación de cejas no muy severa, lo suficiente para que quede claro que está mofándose por dentro de lo que se le dice.

Es de esos periodistas que una mañana se levantó, miró el reloj y decidió que podía empezar a insultar tranquilamente, que ya estaba bien, cojones. Como otros tantos, Herrera se cuece en su propio prestigio y ha acabado pensando que el oficio es él. Cree que la zafiedad es un dechado de ingenio periodístico sólo porque viene pronunciada con su voz. La gente que se atribuye cierto grado de genialidad cree que usar un lenguaje burdo es un ejemplo de humildad. “Golfos”, “Teresa Rodríguez, un animal de bellota importante”, “Andrés Bódalo, el sacamantecas, el macarra ese con boina de tonto de pueblo”, “le conviene hacer huelga de hambre porque es más fácil saltarle que darle la vuelta”. Los profiere su artillería siempre con reposo, añadiendo pausas en las que uno, afinando el oído, puede oír cómo se recoloca el paquete. En sus mejores corridas insulta con el mismo talento literario que un cronista taurino del No-Do, tirando sólo de léxico y sinónimos. Hay arzobispos que lo escuchan y suspiran con ojos enamorados.

Todo en él resulta muy esteticista, dispone de su galantería con la libertad de quien la ha diseñado al detalle, se paladea a sí mismo como si probara una receta propia, imaginamos que poniendo los ojos en blanco. Debe mirarse mucho al espejo y por eso entorna tanto los ojos en los selfies. De alguna forma, entre tanto revisarse la guapura, ha llegado a concluir que le favorece comprimir los párpados. La persona que se mira mucho al espejo acaba viendo una reconstrucción mental de sí misma, y no la imagen real: en este caso más cercana a un garbanzo crudo que a una varonía seductora y virilísima.

Y éste es el penúltimo

Posee una voz totalizadora. Una voz que siempre está en la nota correcta, pero no en el tono. Es imposible no reconocerle cierta simpatía y gracia. Sabe provocar la carcajada. Esa voz pesa media tonelada: arrastra vinos, puros, tarareos de copla y hojarasca. Es, además, una voz muy paladeada, gustada en boca propia, aficionada a la vibración del murmullo o la onomatopeya. Una voz con plena consciencia de sí misma.

Hay varias formas de ser de derechas y una es peinándose hacia atrás y pareciendo siempre recién duchado. El repeinado-cavernario describe a una especie de conservador ácido en la que Herrera encuentra hermandad, por ejemplo, con Antonio Jiménez de 13TV. Son lo que se conoce como falangistas temperamentales: no es que griten Presente cada vez que oigan el nombre de José Antonio, es una cosa más estética y de carácter. Un cruce entre solemnidad, desfachatez y achaques ocasionales de pedantería melancólica. Importa, sobre todo, hablar con autoridad y escoger clichés ideológicos muy rígidos que le permitan a uno despacharse a gusto y con arbitrariedad. 

Por lo demás, le importa poco lo que le digan, es cierto, y responde a las críticas con una risa pelícana, que sucede más al fondo de la garganta que en los dientes. Aun cuando se pone serio, unas arrugas finas de sus párpados desvelan que está a punto de reírse. Sin duda, pasa más tiempo al borde de la risa que riéndose.